viernes, 22 de marzo de 2013

“CRISTO, EXÉGETA DEL HOMBRE”

(Aspecto antropológico del Concilio Vaticano II) “El gozo y la esperanza, la angustia y la tristeza de los hombres de nuestros días, sobre todo de los pobres y toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón”[1], estas palabras con las que empieza la Constitución Gaudium et spes, ponen de manifiesto la intensa preocupación de la Iglesia y del Concilio Vaticano II por el ser humano, por entender al hombre desde su realidad concreta y situada en la historia, mas no tan solo desde un plano horizontal, sino, presentando la novedad de Cristo como revelador del ser humano, es decir, presentando a Cristo como exégeta del hombre. La Constitución Gaudium et spes es el principal documento en el que se desarrolla la Antropología del Concilio, una antropología principalmente de corte existencial frente a la realidad del hombre, lo cual vemos claramente en la exposición preliminar acerca de la condición del hombre en el mundo moderno. Es novedad de la antropología propuesta por el Concilio, una presentación del hombre desde su experiencia concreta, para lo cual la Iglesia debe “escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, solo así podrá responder en la forma que cuadre a cada generación, a las perennes interrogantes humanos sobre el sentido de la vida presente y futura, y sobre la mutua relación entre una y otra”[2]. Y dentro de estos signos de los tiempos, se ve una época marcada por cambios profundos, -“una época en la que sin duda, más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes”- donde nunca tuvo el género humano tanta abundancia de riquezas, posibilidades y capacidad económica; y sin embargo, se ve gran cantidad de miseria, pobres, analfabetos, etc. Como hemos señalado, el Concilio Vaticano II, se aproxima al hombre desde su realidad concreta, es decir, no se queda en un plano esencialista o conceptualista, sino, mas bien, comparte justamente con el ser humano, sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias en medio de un tiempo de transformaciones; y justamente, al proponer un “antropocentrismo teologal”, es decir, al entender al hombre desde Cristo, es que logra ver que “mientras por un lado, como criatura que es, experimenta una múltiple limitación, por otro lado el sentimiento de su capacidad de desear le muestra que es un ser ilimitado y que está llamado a una vida superior”[3]; y es que, “la Iglesia cree firmemente que Cristo… ofrece al hombre, por su Espíritu, luz y fuerzas que le permiten responder a su altísima vocación, y que no hay otro nombre dado bajo el cielo, dado a los hombres, en el que deben salvarse… cree también que en Él se encuentra la clave, el centro y fin de toda la historia humana”[4]. Como hemos visto anteriormente, se puede decir que el corazón del Concilio Vaticano II, se encuentra en la Gaudium et spes 22; en la que se presenta a Cristo como el Verbo Encarnado que se encarna para reconciliarnos –aspecto histórico- y para servirnos de modelo –aspecto existencial-; es justamente aquí donde podemos ver claramente la antropología propuesta por el Concilio: “Cristo, exégeta del hombre”, ya que “el misterio del hombre no se aclara de verdad sino en el misterio del Verbo encarnado… es Él quien pone de manifiesto plenamente al hombre ante el propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”[5]; y esta es justamente la presentación novedosa de Cristo como revelador del ser humano”[6], que “permite superar las visiones incompletas del hombre, particularmente el antropocentrismo reductivo, así como el dualismo espiritualista”[7], y es que justamente, el Señor Jesús es el hombre perfecto que ha restaurado en la descendencia de Adán la semejanza divina deformada desde el primer pecado; y Él, al encarnarse y nacer de María Virgen, es verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado, -“como verdadero hombre, Jesús experimentó el cansancio, el hambre y la sed… experimentó verdaderamente los sentimientos humanos, la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor…”[8]-; en Cristo y por Cristo, se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera de su Evangelio nos abruma. Y es que, al prescindir de Cristo, nos quedamos en un plano horizontalista, y finalmente reductivo, que lleva a la cosificación del hombre y que finalmente, no termina respondiendo los anhelos más profundos del ser humano. En la Gaudium et spes, vemos una descripción de la experiencia humana; una formulación de intentos de respuesta y salida y una explicación plena y solución a los problemas que proviene a la luz de la Revelación; y es que “fuera de Cristo, nada hay capaz de llenar el corazón del hombre ya que como señala San Agustín: “Nos hiciste para Ti”, Señor “y nuestro corazón no conoce descanso hasta que lo halle en Ti”. ________________________________________ [1] CONCILIO VATICANO II. Constitución Gaudium et Spes n. 1. [2] Ídem. GS n. 4. [3] Ídem. GS n. 10. [4] Ídem. GS n. 10. [5] Ídem. GS n. 22. [6] FIGARI, Luis Fernando. “Una espiritualidad para nuestro tiempo”. P. 27. [7] Ídem. P. 27. [8] JUAN PABLO II. Reflexiones: “Jesucristo, Verdadero hombre”1988.

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